
Estamos en silencio. Es un ritual conocido aunque el momento lo hace único.
Mi hermano de tinta, como maestro de ceremonia, levanta la maquina del tablero de trabajo. No hay ansiedad ni sorpresa, solo ese silencio de lo que esta por romperse. Gatilla la maquina, y el zumbido mecánico derrite el silencio.
Cierro los ojos respiro hondo, sé que esperar, sé el dolor que me toca y las molestias que lo van a seguir. Me recuesto y las agujas hacen los primeros cortes atravesando el cuero. Estamos en silencio, él concentrado en la técnica, yo en mi piel, en teñirme de negro el pecho. Las agujas tallan y la conciencia me suelta, lo que era familiar ya no lo es, no hay dolor, ni alarma, solo un estar ese momento, vibrar y respirar. Mis células se desarman entre el metal y la tinta, armando en un coagulo difuso.
Reverbera en la vibración mecánica lo que escuche de uno de mis más recientes afectos “el dolor físico llega a ser un alivio a veces”.
En una exhalación se va todo y queda ahí impreso en un coagulo, en el pecho.
El límite que le pongo al mundo ahora tiene otro color.
Gracias hermano!
ay